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Érase una vez un lugar situado más allá
de la realidad, donde cebollas, plantas carnívoras,
batidoras y tostadoras unían esfuerzos con máquinas
de caramelos de chicle para asumir el control de los sentimientos
de los seres humanos. Movidas por la voluntad de cercenar
la consumación del deseo más primario de hombres
y mujeres, las huestes reinantes en tal onírico entorno
se empecinaban en mantenerlos alejados de cualquier contacto
físico, a causa quizá de la envidia provocada
por la visión de unos cuerpos perfectos concebidos
naturalmente para cometer el pecado menos confesable.
En ese mundo de casta represión, hombres y mujeres
consagraban su existencia a la quimérica conquista
del fruto prohibido. Cegados por la intención de alcanzar
sus más oscuros deseos, los primeros optaban por poner
fin a su prisión en profilácticas máquinas
de caramelos para emprender largas travesías hacia
bosques fantásticos donde entregarse en cuerpo y alma
a sus ansiadas amantes, engendradas por cebollas recelosas
de brindar su más preciada creación a concupiscentes
extraños.
Mientras los más afortunados lograban sortear a hostiles
batidoras y tostadoras para así devorar el tesoro soñado
o para dejarse devorar por el objeto de su deseo,
otros habitantes de ese mundo de fantasía se consumían
en un valle de lágrimas al no poder saciar sus anhelos
más profundos. Entonces, las hedonistas mujeres ávidas
de contacto carnal se abandonaban a una orgía mortal
procurada por exóticas plantas carnívoras cargadas
de sádica lascivia.
Ese lugar de pasión y sentimientos, de lágrimas
y sonrisas, de conquistas y fracasos, era conocido por hombres
y mujeres con el nombre de The Mystic Onion.
Oscar Castaño
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